Dieta Mediterránea:
Ante
el progresivo abandono de este modelo dietético en nuestro país, y considerando
los innumerables beneficios que aporta a
nuestro organismo, creemos que es necesario concienciar a la población sobre la importancia de retomar la dieta
mediterránea e incorporarla a nuestra vida cotidiana.
CARACTERÍSTICAS DE LA DIETA MEDITERRÁNEA
La dieta mediterránea no
es un programa de adelgazamiento elaborado por un nutricionista, sino un menú
basado en los hábitos alimenticios de las poblaciones que bordean el mar
Mediterráneo.
En primer lugar hay que señalar que las cualidades
gastronómicas de la dieta
mediterránea son totalmente compatibles con la primera recomendación para
realizar cualquier tipo de dieta:
disfrutar con la comida, con el placer de comer.
Por otro lado, aunque se hable separadamente de los
diferentes componentes de la dieta mediterránea, es importante recordar que su bondad puede ser
debida precisamente a la dieta
en su conjunto, como un todo, es decir, al óptimo balance de determinados
alimentos o componentes dietéticos.
La dieta mediterránea, tradicionalmente basada en la “trilogía mediterránea”, está formada por el trigo, el olivo y la vid. El
olivo y el aceite de oliva son el verdadero símbolo de la cultura y de la
alimentación del Mediterráneo.
La abundancia y diversidad de los alimentos de origen
vegetal, el consumo de frutas, verduras, hortalizas, cereales, legumbres,
frutos secos y aceite de oliva -como principal grasa culinaria, en sustitución
de grasas saturadas- y también el uso moderado de vino, distingue a la dieta mediterránea de
otras dietas. El vino tiene un papel de primer orden en la
región, no sólo como bebida que acompaña a los alimentos, sino por su función
dietética, pues tomado con moderación es excelente antioxidante.
En cuanto al consumo de proteínas de
origen animal, se caracteriza por cantidades moderadas de pescado frente a un
consumo no muy elevado de carnes, en su mayoría aves, y pequeñas cantidades de
lácteos. Estos alimentos están condimentados con ajo, perejil, hierbas
aromáticas y especias.
Esta variedad y la antiquísima técnica
de la cocción propiciaron el desarrollo de las sopas mediterráneas, las cuales
constituyen uno de los pilares de la alimentación y cocina regionales. A estas
sopas, en sus orígenes se les agregaba, en ocasiones, alguna presa de caza o
pesca, lo que enriqueció la dieta con proteínas animales, aunque de forma
moderada. Ahí reside el primer gran
secreto de la dieta mediterránea; de origen es baja en proteínas animales y
rica en vegetales, legumbres y cereales.
A esa riqueza se
agregaron, a partir del siglo XVI, los productos americanos que profundizaron
aún más en la ya variada, nutritiva y equilibrada dieta mediterránea.
Esta dieta es baja en ácidos grasos
saturados, rica en hidratos de carbono y fibra y contiene una gran proporción
de ácidos grasos monoinsaturados. Estos últimos se derivan principalmente del
aceite de oliva.
En el área mediterránea existe un mayor consumo de
fibra con respecto a otros países.
Hay una fuerte evidencia de que la fibra
(soluble e insoluble) de cereales, leguminosas, verduras y frutas tiene un
efecto beneficioso previniendo el estreñimiento, la enfermedad diverticular,
ayudando a regular favorablemente el perfil lipídico de la sangre y mejorando
el control de la glucemia.